martes, 27 de noviembre de 2012

'Cómplices' por Fernando J. López

Cuando borramos, como si no lo hubiéramos visto, un "maricón" escrito en la pizarra.

Cuando nos reímos, como si fuera divertido, con la imitación que un niño hace del amaneramiento de otro.

Cuando pasamos en silencio, como si no lo oyésemos, junto a alumnos que llama "marica" a un compañero.

Cuando no nos preocupamos por educarles -en las aulas, en casa- y explicarles que hay muchas sensibilidades y que todas, sean cuales sean, merecen el mismo respeto.

Cuando insistimos en que algo -un color, un juguete, una prenda- es "de chicos" y otro algo -otro color, otro juguete, otra prenda- es "de chicas".

En cada una de esas situaciones somos cómplices de quien acosa. Cómplices porque no estamos poniendo medio alguno para evitar que ese acoso se repita y, sobre todo, porque no estamos educando para que entiendan por qué ese odio, nacido de la ignorancia, es un terrible y triste sinsentido.

Quien mira hacia otro lado es tan responsable como quien acosa, porque ambos están haciendo posible que se discrimine e insulte a quien, en plena adolescencia, es doblemente vulnerable. No solo por las dudas que trae consigo -sea cual sea la orientación sexual- esa edad, sino por la confusión que supone asumirse diferente a lo que la sociedad considera -horrible palabra- "normal". Y en ese proceso -que, les aseguro, puede llegar a ser profundamente doloroso: no es fácil tener un primer encuentro con uno mismo a los trece, catorce o quince años- dar con alguien que se burla de nuestra identidad es una forma de minar esa cualidad -tan débil en todo adolescente- llamada autoestima.

Podemos creer que el problema no existe. Que la homofobia es un recuerdo de un mal pasado. Que las nuevas leyes han hecho que todo cambie. Pero no es cierto. La ley nos da un marco jurídico, pero no social y cotidiano. La discriminación no se puede abolir a través de leyes, sino de educación. Porque puede que haya leyes que permitan que gays y lesbianas nos casemos, sí, pero eso no tiene nada que ver con la mueca de disgusto del tipo de al lado, ni con el "maricón" escrito en la pizarra, ni con el "bollera" gritado con desprecio. Eso no tiene nada que ver con las burlas en el patio, ni con los mensajes ofensivos en Facebook o en Tuenti, ni con las bromas de mal gusto que hacen que quien se siente diferente, pase a sentirse -directamente- anulado.

Por eso, hoy, vuelvo a escribir sobre un tema en el que llevo años implicado. En mis blogs, en mi teatro, en mis novelas -de qué hablaba, si no, La edad de la ira-, en mi día a día como docente, en mi día a día fuera de las aulas. Me empeño en hacerme visible porque creo que esa visibilidad, aunque a veces no siempre sea sencilla, nos hace fuertes. Y sirve de modelo y de referente para quienes necesitan darse cuenta de que ser diferente es lo normal y de que todos, sea cual sea nuestra identidad sexual, lo somos.

Y vuelvo a escribir sobre este mismo tema en una mañana como la de hoy, mucho más triste que las anteriores, una mañana en la que hemos amanecido con el suicidio de Andrea. Andrea tenía quince años. Y le gustaba vestir un pantalón rosa. Tan simple como eso. Lo demás, es una triste y conocida historia de acoso. En las redes y fuera de ellas. Una historia que se repite con más frecuencia de la que queremos creer aunque solo conozcamos los casos que, como la historia de Andrea, tienen un desenlace trágico. Una historia de la que no podemos ser nunca cómplices y que, entre todos, sí podemos frenar. 


El odio y la violencia no deberían tener jamás segunda parte. Los pantalones rosa, sí.

A todos los Andrea que sufren o han sufrido acoso... No estáis solos.







 

*El activista literario Fernando J. López en Ponte en mi Piel




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