jueves, 21 de marzo de 2013

Aquiles, parte II 'Los caprichos de un guerrero, el dolor del amor perdido' Referentes LGTB en la mitología clásica VIII


Aida Acero Marquina

Anteriormente quedaron sentadas las bases para forjar el alma, el cuerpo y el corazón del guerrero: Una madre sobreprotectora que te imbuya de poderes casi divinos, un padre curtido en mil batallas que en vez de sonajero te planta una espada en la cuna, y un maestro centauro que te entrena junto al amor de tu vida y te hace seguir una estricta dieta a base de vísceras de animal.

Así que Aquiles, partía embarcado hacia Troya junto a sus mirmidones y Patroclo mal identificado como “primo” por la industria cinematográfica. Desde el momento del desembarco el rubio estrella empezó a forjar su gloria derrotando a Cicno, hijo secreto de Poseidón. De él se dice que era invulnerable al hierro por lo que Aquiles lo derrotó estrangulándolo con la correa de su casco. (O de una pedrada) Cuando el hijo de Tetis volvió para cobrarse la armadura, el cuerpo desapareció transformándose en cisne.

Es a raíz de este punto, donde el amor, el orgullo y los caprichos de Aquiles se unen para designar el transcurso de la batalla, tomando ésta diversos giros. Hay que tener en cuenta que la guerra duró diez años, más previo desembarco fallido en otro punto de la Hélade, por lo que los hechos referidos a continuación hay que tomarlos espaciados en el tiempo. Circunstancia que también se obvia en Hollywood.

Una profecía hablaba de Troilo, hijo menor de Príamo y Hécuba, Reyes de Troya, de quien se decía que en realidad era hijo de Apolo debido a su singular belleza divina. Dicho auspicio le hacía invencible si el muchacho lograba llegar a los veinte años. El destino de la batalla y de la ciudad quedaban ligados entonces a la vida del efebo. Y se cuenta que fue Atenea la que instigó a Aquiles a dar caza al joven.

En una fuente que se encontraba cercana al templo de Apolo, fuera de las legendarias murallas troyanas fue donde se dio lugar la emboscada. Allí Troilo y su hermana Políxena (quedaos con este nombre) se habían detenido para abrevar a los caballos, momento en el cual Aquiles los asaltó por sorpresa. Sin embargo, ésta se la llevó “el de los pies ligeros” debido a que quedó asombrado por la belleza del chico. Éstos, al ver que las intenciones de Aquiles, además de hostiles eran “poco castas”, intentaron escapar. Pero éste alcanzó al muchacho cogiéndolo de los pelos y tirándolo del caballo. Tras un forcejeo, Troilo logró zafarse y salir corriendo hacia el templo, perseguido de cerca por Aquiles, escapando de su espada debido al enfado provocado, podemos intuir, por el coitus interruptus que sufrió el guerrro. Tras darle caza, Aquiles hierro en mano, le decapitó en el propio altar del templo, y mutiló su cuerpo antes de que pudiera llegar ayuda alguna, debido a que Políxena había logrado escapar. 

Mientras muere, Troilo predice la muerte de su sobrino Astianacte y la del propio Aquiles. Con su muerte la ciudad habría quedado sentenciada, al menos de momento.

Después de esto en el tiempo, se sitúa el refrito sobrevalorado que nos dieron con palomitas. (Refrito de gente muy guapa y de muy buen ver, claro está).

Briseida es obtenida por Aquiles como botín de guerra tras matar a sus tres hermanos y a su marido el Rey Mines. Por tanto, Briseida se convirtió en viuda y esclava de Aquiles. No era Sacerdotisa de Apolo ni mucho menos; la sacerdotisa era su prima Criseida, quien le correspondía a Agamenón en el reparto. El padre de ella, Crises, rogó que se le fuera devuelta, pero Agamenón se negó, por lo que Apolo enfurecido mandó una plaga sobre el ejército aqueo. El profeta Calcante anunció que si la chica no regresaba junto a su familia, la plaga no cesaría. Ante tal noticia, el comandante accedió a devolverla a cambio de quedarse con la esclava de Aquiles, Briseida. Esta afrenta al orgullo del jefe de los mirmidones provocó la decisión de no combatir hasta que la ofensa fuese reparada. Vamos, que el enfado no fue debido a que ésta fuese su amante, sino más bien porque le habían quitado algo que consideraba suyo. Fue esta determinación de no combatir la que, por un lado, volvió a dar un giro a la guerra favorable a Troya, y por otro precipitó la muerte de Patroclo.

Cuando una ciudad está sitiada durante nueve años, cualquier cosa que incline la balanza es determinante. Los oráculos en su día habían predicho que, sin Aquiles en batalla, la victoria jamás sería para los aqueos. Y así fue, pues durante la ausencia de Aquiles, y sus mirmidones por extensión, la guerra pintó peor para dicho bando. Nada le hacía cambiar su opinión, pues su orgullo y testarudez le mantenían lejos del campo de batalla. Ante esta pasividad Patroclo le pidió permiso para guiar a los mirmidones a la batalla:


“…envíame a mí con los demás mirmidones, […] y permite que cubra mis hombros con tu armadura para que los teucros me confundan contigo y cesen de pelear, los belicosos dánaos, que tan abatidos están, se reanimen y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo…”

(Homero, La Ilíada)


Aquiles accedió a tal petición recomendándole que fuera prudente y que sólo les hiciera retroceder. Pero Patroclo metido de lleno en la batalla, tras derrotar a Sarpedón, se plantó en las puertas de Troya dirigiendo al ejército hacia la ciudad. Al final, mientras combatía contra Héctor, Apolo traicionero, se le acercó por detrás y le golpeó por la espalda mientras le arrebataba el casco y le soltaba la armadura. Totalmente desprotegido, Patroclo sufrió diversos lances enemigos hasta el definitivo propinado por Héctor que se lo llevó mientras predecía la muerte del príncipe troyano.

Mientras se libraba una dura batalla para recuperar el cuerpo de Patroclo, le dieron la desgarradora noticia a Aquiles:


“…negra nube de pesar envolvió a Aquileo. El héroe cogió ceniza con ambas manos y derramándola sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos…”

(Homero, La Iliada)


Cuenta Homero que tan hondo fue el lamento lanzado por Aquiles, que al momento acudieron Tetis y todas las nereidas a calmar el llanto del héroe. En cuanto se repuso quiso saltar raudo al combate de nuevo para recuperar el cadáver; pero no tenía sus armas, pues Héctor se las había cobrado en el combate. Tetis intercedió por él ante Hefesto para que le forjara una nueva armadura. Después de que el cuerpo fuera rescatado, Aquiles obtuvo su nueva armadura y juró no cumplir con los ritos fúnebres hasta que diera muerte al asesino de su amado. Para conservar el cadáver, Tetis lo ungió con unas gotas de ambrosía.

Aquiles volvió al combate para regocijo de los Aqueos y miedo de los Troyanos. Cegado por el dolor y la rabia, se lanzó a la batalla matando a todo aquel que se le ponía por delante, degollándolos en su ira ciega (incluso a un dios río). Mientras, buscaba a Héctor sin cesar, el cual esperaba el momento de mayor bullicio para enfrentarse al Pélida. Finalmente el enfrentamiento tuvo lugar, y Aquiles persiguió a Héctor corriendo tres veces el perímetro de las murallas de Troya, hasta que Atenea tomando la forma de Deífobo, hermano del príncipe, le convenció para enfrentarse cara a cara con “el divino”. El combate terminó cuando Aquiles dio muerte a éste su lanza, y tras ello, ató el cadáver de su contrario a su carro y, durante nueve días, arrastró el cuerpo por el campo de batalla. Cumpliendo su promesa, y con el mayor de los dolores en el alma, volvió para honrar a Patroclo en su viaje al más allá.

Leyendo los textos, queda claro que ese dolor y su consecuente venganza son producto de una relación estrecha, aunque no está determinado en qué punto comenzó, si durante la juventud de los chicos o más adelante; pero lo que sí es cierto es que durante la guerra existía de verdad. Es más, al ser los amantes de edades similares, los griegos intentaron siempre manipular estos datos y establecer una diferencia de edad, en la que quedaran claros los papeles de Aquiles como “erómeno” y Patroclo como “erastés”, para que encajaran en el modelo correcto de la aceptación de la homosexualidad.

En este momento de la historia se establece una tregua entre Príamo y Aquiles, para que el rey troyano pudiera celebrar los ritos fúnebres de su hijo.

Si llegados a este punto alguien cree que no había lugar en el alma del guerrero para más batallas, se equivoca; pues aún debería amar, perder, luchar y morir. Producto esto último de una venganza del pasado.


Aida Acero Marquina







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